En 1928 la escritora inglesa Virginia Woolf fue invitada a impartir una serie de conferencias sobre mujeres y ficción en Newham College y Girton College en Cambridge, que en aquella época eran universidades solo para estudiantes femeninas. Estas “clases magistrales” fueron revisadas y recogidas en un libro que acabó llamándose A room of one´s own (Una habitación propia) y que vería la luz en 1929.

A room of one´s own planteaba las dificultades que tenían las mujeres para escribir en un tiempo sumamente patriarcal en que el sexo femenino estaba relegado a un segundo plano tanto en la esfera privada como pública. A juicio de la autora, las mujeres necesitaban un espacio propio e independencia económica para desarrollar su capacidad creativa y escribir obras de calidad. La búsqueda de ese espacio pronto se convirtió en un deseo y una prioridad para las mujeres de las generaciones posteriores a Woolf y durante todo el siglo XX ha sido una meta a conseguir tanto por parte de nuestras madres como por nosotras mismas.

La habitación propia de la que habla Virginia Woolf no solo representa un espacio físico sino que se ha transformado en un símbolo de privacidad, tiempo de ocio e independencia financiera. Han pasado casi cien años desde que la escritora británica reflexionara sobre la necesidad de encontrar el espacio de y para las mujeres “per se”, pero hoy en día, ¿lo hemos encontrado?.

Dice Virginia Woolf que un ser que cambia es un ser que está vivo, y es precisamente una evolución personal y social la que hemos perseguido en la conquista del espacio publico y privado. Sin embargo, ¿realmente tenemos una habitación propia?.

virginia-woolfEl ensayo de Woolf refleja las desigualdades de género características de principios del siglo XX y al mismo tiempo se detiene en examinar las fronteras y obstáculos que deben vencer las mujeres en su lucha por la visibilidad. Si bien es cierto que las mujeres progresaron en el acceso al mundo de la educación durante el siglo pasado, tenemos que admitir que todavía hay puertas por abrir y terrenos vírgenes que pisar. Especialmente conflictiva es la compleja relación que tienen las mujeres con el mundo laboral, una mujer que trabaja todo el día para sustentar a su familia difícilmente encontrará un tiempo y espacio propios. En una sociedad en la que se sacraliza la maternidad y no se ofrecen soluciones para la conciliación laboral y familiar, la cuestión de la autoría del espacio permanece aún sin resolver. Si a esto añadimos la brecha salarial y la ausencia femenina en puestos prominentes de la sociedad y la empresa, el resultado es una habitación llena de telarañas, con los muebles instalados pero sin habitar.

La situación empeora todavía mas en el llamado “tercer mundo” donde las mujeres, lejos de soñar con la conquista del espacio, se ven sometidas a duras condiciones de trabajo, en medio de una pobreza inmensa y con una falta considerable de expectativas vitales. Es por tanto, prácticamente imposible que puedan desarrollar sus capacidades creativas e intelectuales si no tienen acceso a bienes básicos como una vivienda , una alimentación adecuada y medios de vida dignos para ellas y sus familias.

En este contexto, la escritura ya no solo se contempla como actividad artística sino que emerge como la expresión más alta del ser, se yergue como el estandarte de la acción política e intelectual necesaria convirtiéndose en un símbolo de libertad personal e independencia de pensamiento.

Virginia Woolf en su obra espolea a las mujeres a una reconstrucción íntima, a la revisión y al renacer a través de la palabra, a rescatar las lagunas perdidas de la historia entre los baúles patriarcales del discurso lento y oxidado. Casi un siglo después, la habitación está dibujada, definida, y esperando ser ocupada por las mujeres de hoy, con conciencia plena, con voluntad y valentía y la absoluta convicción de que merecen gobernar ese espacio que les pertenece por méritos propios. Una mayor implicación personal, social y gubernamental se necesita para lograrlo. Dice la escritora feminista norteamericana Audre Lorde:

“No desmontaremos la casa del amo con las herramientas del amo”.

Busquemos nuevas herramientas, nuevas formas de hacer las cosas, nuevos horizontes, porque ya no se trata solo de una estancia a llenar sino de toda una tierra que cultivar.

Cristina Pecharromán Tarro
Licenciada en Filología Inglesa y profesora de inglés

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